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	<title>Reflexion 2015-16 archivos - Comunidad Santo Tomás de Aquino</title>
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		<title>La espiritualidad y la política en las nuevas sociedades industriales</title>
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		<dc:creator><![CDATA[natividad Cordero]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 09:48:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Reflexion 2015-16]]></category>
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					<description><![CDATA[LA ESPIRITUALIDAD Y LA POLÍTICA DE LAS NUEVAS SOCIEDADES INDUSTRIALES Autor: Marià Corbí – Empezaremos precisando un par de nociones que son importantes para nuestro escrito: las nociones de creencia y de espiritualidad. El término “creencia” tiene dos usos: uno corriente que comporta un supuesto, que no se necesita, no se atina o no interesa  [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong><a href="http://www.exodo.org/la-espiritualidad-y-la-politica-de-2/">LA ESPIRITUALIDAD Y LA POLÍTICA DE LAS NUEVAS SOCIEDADES INDUSTRIALES</a></strong></p>
<p>Autor: Marià Corbí – </p>
<p> Empezaremos precisando un par de nociones que son importantes para nuestro escrito: las nociones de creencia y de espiritualidad.</p>
<p>El término “creencia” tiene dos usos: uno corriente que comporta un supuesto, que no se necesita, no se atina o no interesa someter a crítica; y otro en el que se llama creencia al proyecto colectivo de vida revelado por Dios, que es también camino espiritual. Cuando hablamos de la religión como sistema de creencias, nos referimos a este segundo uso del término.</p>
<p>Cuando la religión es un sistema de creencias reveladas, se confunde la creencia con la fe y la espiritualidad. Son diferentes, aunque en unas determinadas condiciones culturales se fusionaran y la fusión duró tantos milenios como las sociedades preindustriales.  <span id="more-2052"></span>  </p>
<p>Creencia en sentido estricto es la adhesión incondicional a un sistema de interpretar y valorar la realidad, a un sistema de organización y de actuación que se tiene revelado por Dios y al que hay que someterse, si uno quiere salvarse.</p>
<p>En ese mismo sistema de creencias se expresa y se vive la fe y la espiritualidad. Durante la larga etapa preindustrial, no se podía concebir ni vivir la espiritualidad si no era desde el seno de la creencia y la sumisión. Si se hubiera vivido la espiritualidad libre de creencias y sumisiones, hubiera comportado un riesgo para el programa, que mantenía vivo a los colectivos. Los maestros espirituales y los místicos que se distanciaron de esos sistemas de creencias y sumisiones fueron marginados, perseguidos o muertos por las mismas autoridades religiosas.</p>
<p>La fe es la apertura y entrega a la propuesta de la espiritualidad que es, según la enseñanza de todos los Maestros, el tránsito desde la egocentración del pensar, del sentir y el actuar, al silenciamiento completo de esa egocentración. La egocentración genera la dualidad entre el individuo y su entorno; genera el deseo y todo lo que inevitablemente le acompaña: el temor, los recuerdos y las expectativas.</p>
<p>La espiritualidad, al silenciar el deseo, silencia el temor, las expectativas y los recuerdos. Con ello quiebra la dualidad entre el individuo y todo lo que le rodea y conduce a la plena unidad. La unidad es el amor. El amor verdadero no son sentimientos románticos, sino unidad. Y se trata de un amor sin condiciones, porque el que siempre pone condiciones a nuestro amor es el ego, con sus deseos y temores. Por consiguiente, quien silencia el ego, ama sin condiciones.</p>
<p>Será conveniente ir sustituyendo la noción de “espiritualidad” por la de “cualidad humana profunda”, porque nuestra antropología ya no es de cuerpo y espíritu y porque la noción de espiritualidad está indisolublemente ligada a la religión y, como veremos, la religión resulta inviable e inaceptable para las nuevas sociedades.</p>
<p>Las nuevas sociedades de innovación y cambio constante nos fuerzan a separar la espiritualidad de las creencias. Las sociedades preindustriales eran estáticas y, como tales, bloqueaban el cambio estableciendo patrones de pensar, de sentir, de actuar y organizarse inmutables, revelados por los dioses y/o por los antepasados sagrados. Había que someterse a esos patrones, porque no hacerlo podía poner en riesgo la sobrevivencia de la sociedad. Ahí se situaban las religiones. Desde ahí se tenía que vivir la fe y la espiritualidad, no había otra posibilidad.</p>
<p>La religión, como depositaria de la revelación, controlaba las mentes, el sentir y actuación de los colectivos. El poder político no podía quedar indiferente frente a ese hecho. Por otra parte, si la religión era un sistema de creencias impositivo, requería del pacto y la ayuda del poder. La religión se convertía en sistema axiológico y programa colectivo, contando con la anuencia y el apoyo del poder. Así se fraguó el pacto milenario de religión y poder político. Quien se alía con el poder político se está aliando con la riqueza. Culturalmente, con toda probabilidad, no hubo otro remedio. Todavía no hemos conseguido salir del todo de ese pacto, porque las iglesias no se resignan a perder el poder y la riqueza, que consideran medios imprescindibles para imponer y mantener las creencias del pueblo.</p>
<p>Con la entrada de la industrialización y la democracia ese pacto se debilitó, pero con el asentamiento de las sociedades de innovación y cambio continuo ese pacto ha perdido toda legitimidad, todo sentido e incluso toda posibilidad.</p>
<p>Las sociedades democráticas de innovación y cambio no pueden fijar la interpretación y valoración de la realidad, ni los modos de actuación y organización. Las tecnociencias alteran continuamente las maneras de vivir de los colectivos. Quienes tienen que vivir en este tipo de sociedades no pueden someterse a creencias, en el sentido que hemos expuesto; si no se puede someter a creencias, tampoco pueden tener religión, ni Dios a la manera de nuestros antepasados.</p>
<p>En esta situación cultural, la cohesión de los colectivos no puede conseguirse por sumisión, sino por adhesión voluntaria a un proyecto propuesto, ya no revelado sino construido por nosotros mismos. Con ello se perdió la legitimidad de la sumisión.</p>
<p>A las nuevas sociedades, que viven de la continua creación de conocimientos y tecnologías y de la creación de nuevos productos y servicios, que alteran continua y aceleradamente los modos de vida, no se les pueden ofrecer creencias religiosas como vía a la espiritualidad; quienes están sometidos a continuas transformaciones no pueden creer, porque las creencias fijan y ellos deben estar siempre dispuestos a cambiar cuando convenga. No nos queda otra solución que ofrecer la espiritualidad como el cultivo de la cualidad humana honda. Nunca se ha necesitado con mayor urgencia esa cualidad humana que en las nuevas sociedades de tecnociencias poderosas.</p>
<p>Resulta comprensible que las creencias no resulten atractivas, sino que, por el contrario, alejen a las gentes de las creencias, cuanto más jóvenes más. Las creencias y las religiones ya no tienen atractivo para los nuevos ciudadanos, en cambio sí que lo tiene la espiritualidad, entendida como una cualidad humana profunda. Ya se habla del silencio y de la meditación en muchos ambientes muy alejados de la religión.</p>
<p>La espiritualidad interesa cada día más, pero a condición de que se la separe de la religión, de las creencias y de las sumisiones. Si rechazan esas cosas, no es porque sean indolentes, hedonistas o malas personas, es porque no pueden hacer otra cosa.</p>
<p>Cuando las creencias y las religiones pierden su atractivo, pierden su poder sobre las conciencias y los comportamientos; cuando tienden a desaparecer en la gran mayoría de la sociedad, porque no se puede creer y ser, a la vez, miembros activos de las nuevas sociedades, sin esquizofrenia interior, las religiones y las creencias pierden su prestigio. En esa nueva situación el poder político pierde interés por las religiones, porque no les sirven y porque en una democracia que funcione correctamente, no las necesitan. Los estados ya no buscan el pacto con las religiones, incluso buscan cómo deshacerse del lazo que todavía les queda con la religión.</p>
<p>En muchas ocasiones las religiones se han convertido en un estorbo para el estado, porque intentan imponer en la sociedad criterios de pensar, de sentir, de organizarse y actuar que corresponden a formas propias de sociedades preindustriales, jerárquicas, patriarcales, impositivas y provinciales, que son por completo inadecuadas a las nuevas situaciones culturales.</p>
<p>En una sociedad de innovación y cambio, las creencias no se pueden imponer. La espiritualidad no puede pasar por la sumisión, sino que tiene que convertirse en atractiva por sí misma. Y para poderse hacer atractiva, lo primero que debe hacer es liberarse de todo tipo de sumisión o imposición y ligarse, por el contrario, a la indagación libre.</p>
<p>En las nuevas sociedades, el éxito económico de la colectividad está dependiente de la capacidad de investigación e indagación. Estas necesitan ser libres; para ello precisan de la democracia y la libertad de opinión. Se vive en el seno de un cambio continuo de las formas de pensar la realidad, generado por el crecimiento continuo de las ciencias. La evolución acelerada de las tecnologías transforma constantemente las formas de vivir, organizarse, actuar, y como consecuencia de todo ello, las formas de sentir. En esas condiciones culturales la espiritualidad sólo puede presentarse como una oferta de indagación libre, como el pensamiento y el arte.</p>
<p>Donde todo es movimiento, cambio y globalidad, la espiritualidad no puede verse amarrada a una interpretación y valoración de la realidad, ni a unos modos de actuación y organización, fijados de una vez para siempre e intocables.</p>
<p>Cuando sabemos, conscientemente o inconscientemente, que construimos nuestros saberes, nuestras tecnologías, nuestras formas de sobrevivencia, nuestros postulados y proyectos axiológicos colectivos, nuestras formas de organización y los patrones de actuación; cuando experimentamos día a día que todos nuestros modos de vida cambian continuamente, porque construimos autónomamente todos los niveles de nuestras vidas, no podemos vivir y practicar la espiritualidad desde las creencias intocables y la sumisión. Es una imposibilidad cultural. Quienes luchan contra una imposibilidad cultural, intentando volver hacia atrás la marcha de la cultura, cosechará un fracaso seguro, y será un obstáculo para un correcto y realista planteo de la cultura.</p>
<p>Esta situación no quiere decir que tengamos que hacer tabla rasa de todo el legado del pasado. Tenemos que aprender a heredar toda la sabiduría de las tradiciones religiosas y espirituales de la humanidad, porque vivimos en sociedades globales, pero sin sumisión de ningún tipo y sin ningún provincianismo ni exclusión. Y no hay ningún inconveniente en heredar el pasado, si no se lo liga a sumisiones y exclusiones; todo lo contrario, se reconoce la necesidad de no tener que partir de cero, sino partir del descubrimiento de la gran sabiduría de la vida y de la espiritualidad que se ofrece en todas las tradiciones religiosas y espirituales de la historia de la humanidad.</p>
<p>Tenemos que comprender y hacer comprender que la espiritualidad, la gran cualidad humana, no es sumisión a nada, sino indagación libre y creatividad, como las artes y las ciencias; que la espiritualidad es libertad, la única verdadera libertad, porque las restantes libertades están sometidos a las necesidades, a los deseos, a los temores y a las expectativas individuales y de grupo.</p>
<p>Los vivientes, como seres necesitados que somos, tenemos que hacer una lectura dual de la realidad: el viviente necesitado, por un lado, y el resto de la realidad donde satisfacemos nuestra necesidad, por otro. Un mundo construido desde esa dualidad está lleno de fronteras.</p>
<p>Donde hay dualidad y hay fronteras, hay temor e inquietud porque somos unos seres frágiles en un medio que es en muchas ocasiones adverso. El temor y la inquietud son agresivos.</p>
<p>Nos identificamos con nuestro ego, que es un paquete de deseos/temores, expectativas y recuerdos. Cuando nos identificamos con nuestro ego, cuando no lo silenciamos, cuando no morimos a él, en metáfora cristiana, somos esclavos de nuestros deseos/temores y de todo lo que ellos generan. La egocentración temerosa e inquieta genera la dualidad y el desamor.</p>
<p>Como hemos indicado la espiritualidad es el camino al silenciamiento del yo y, por tanto, al silenciamiento de la dualidad. Donde no hay dualidad, hay unidad y donde hay unidad hay amor. El amor rompe fronteras entre lo mío y lo de las otras personas, entre lo mío y lo del medio en que vivimos.</p>
<p>La espiritualidad como ligada indisolublemente a un sistema de creencias tradicionales, que se estructuran en torno de unas maneras de pensar, sentir, organizarse y actuar, adecuadas a milenios de sociedades agrarioautoritarias, patriarcales y provincianas, no tienen nada que ofrecer a la política propia de las sociedades de innovación y cambio continuo, si no son obstáculos a su libre desarrollo, por sus pretensiones de imposición.</p>
<p>La espiritualidad como camino a la desegocentración, a la unidad y al amor sin condiciones, sí que tiene algo que ofrecer a la política. Puede ofrecer algo que no tiene precio y que puede convivir sin ninguna dificultad con todo tipo de cultura: el interés y amor, sin condiciones, por toda criatura, por todos los asuntos de los hombres y por el medio en que vivimos.</p>
<p>La espiritualidad, como cualidad humana profunda, libre de todo tipo de formulaciones y dogmas intocables es espíritu de benevolencia, no son fórmulas a las que someterse, es libertad y creatividad, no fijación y sumisión.</p>
<p>Sin la cualidad humana honda, la gestión de las sociedades de potentes tecnociencias en continuo crecimiento estaría en manos de unos depredadores sin piedad. Esa situación pondría en serio riesgo a la sobrevivencia de la especie humana y de toda la vida en el planeta. Ya estamos viviendo los gravísimos inconvenientes de esa situación, en la falta de equidad y en la miseria de la mayor parte de la humanidad, en la extinción masiva de especies vivientes, en la degradación del medio, en el calentamiento del clima del planeta, con todas las catástrofes que eso supone.</p>
<p>Cuando nuestras ciencias y tecnologías no eran poderosas, la naturaleza podía, con el tiempo, reparar los desastres que los hombres causábamos. Con unas tecnociencias tan potentes como las que ya poseemos, que no harán más que acrecentar su potencia, podemos cometer errores que resulten irreparables. Ya los hemos cometido.</p>
<p>Las culturas del pasado podían soportar mejor que las actuales la falta de espiritualidad. Los nuevos desarrollos tecnocientíficos exigen con urgencia el cultivo serio de nuestra dimensión gratuita y absoluta.</p>
<p>Tenemos que crear proyectos axiológicos colectivos adecuados a esta situación; nadie ni nada los va a construir por nosotros. Tenemos que ser capaces de cuidar la cualidad de la vida humana y la cualidad del medio como si fuera un jardín.</p>
<p>Sólo la herencia del legado de sabiduría de nuestros antepasados puede proporcionarnos la posibilidad de cultivo adecuado de la cualidad humana necesaria para gestionar la explosión de nuevos conocimientos y tecnologías.</p>
<p>Precisamos una masa crítica de hombres espirituales, de sabios, para que la sociedad entera alcance unos niveles convenientes de cualidad humana. Si la sociedad, en conjunto, la tiene, tendremos políticos capaces de gestionar las nuevas sociedades; si la sociedad carece de esa cualidad, los políticos estarán a la medida de la gente. Creemos que, por desgracia, estamos ya en esta situación.</p>
<p>Esto es lo que la espiritualidad puede ofrecer a la política: la herencia actualizada y actuante de la sabiduría de nuestros antepasados; una herencia que es de “desegocentración”, de unidad y de amor por toda criatura, un amor, si es posible, sin condiciones y, por tanto, operativo, por lo menos en un número suficiente de hombres y mujeres.</p>
<p> </p>
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		<title>El centro de la espiritualidad cristiana</title>
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		<dc:creator><![CDATA[natividad Cordero]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 Apr 2016 21:56:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Reflexion 2015-16]]></category>
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					<description><![CDATA[Artículo de José Mª Castillo. Revista EXODO nº 115 Octubre 2012]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Artículo de José Mª Castillo. Revista EXODO nº 115 Octubre 2012  <iframe width="525" height="371" src="//e.issuu.com/embed.html#3591973/35001646" frameborder="0" allowfullscreen></iframe></p>
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		<title>Hacia una espiritualidad planetaria y ecológica</title>
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		<dc:creator><![CDATA[natividad Cordero]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 Apr 2016 21:50:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Reflexion 2015-16]]></category>
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					<description><![CDATA[Este articulo de Leonardo Boff está propuesto para el segundo cuatrimestre del Curso 2015-16]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Este articulo de Leonardo Boff está propuesto para el segundo cuatrimestre del Curso 2015-16  <iframe width="525" height="371" src="//e.issuu.com/embed.html#3591973/35001566" frameborder="0" allowfullscreen></iframe></p>
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		<title>El centro de la espiritualidad cristiana</title>
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		<pubDate>Mon, 18 Apr 2016 21:27:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Reflexion 2015-16]]></category>
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					<description><![CDATA[EL CENTRO DE LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA José M. Castillo Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012 – Autor: José M. Castillo –  UN SILENCIO SOSPECHOSO En este número de ÉXODO, inteligentemente dedicado a estudiar la relación que hay –o tendría que haber– entre espiritualidad y política, viene como anillo al dedo empezar tomando conciencia de un hecho que  [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>EL CENTRO DE LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA</strong></p>
<p><strong>José M. Castillo</strong></p>
<p>Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012<br /> – Autor: José M. Castillo – </p>
<p> <strong>UN SILENCIO SOSPECHOSO</strong></p>
<p>En este número de ÉXODO, inteligentemente dedicado a estudiar la relación que hay –o tendría que haber– entre espiritualidad y política, viene como anillo al dedo empezar tomando conciencia de un hecho que da que pensar. Me refiero al silencio de los obispos españoles en cuanto se refiere al doloroso y alarmante asunto que a todos tanto nos preocupa. El asunto de la crisis económica y sus aterradoras consecuencias.</p>
<p>Sin duda, ha habido obispos que, alguna que otra vez, han hecho alusiones a este problema tan preocupante, utilizando referencias más o menos genéricas a la doctrina social de la Iglesia; o también mediante exhortaciones, siempre comedidas para no pillarse los dedos. Pero el hecho es que, después de cuatro años arrastrando un sufrimiento que a casi todos nos afecta de manera creciente y alarmante, ésta es la hora en que nuestros prelados, que tienen la lengua tan suelta cuando se trata de ponderar las maldades del aborto y la homosexualidad, o cuando el problema está en argumentar los derechos que tiene la Iglesia para seguir disfrutando de determinados privilegios económicos, esos mismos prelados no se han puesto todavía de acuerdo para pronunciarse con claridad y contundencia sobre las muchas privaciones que el sistema económico y político les impone a los sectores más débiles de la sociedad, al tiempo que se nos ocultan las asombrosas canalladas económicas y políticas que están cometiendo quienes tienen la sartén por el mango.  <span id="more-2048"></span>  </p>
<p>Es evidente que este silencio episcopal –censurado severamente desde distintos sectores de la Iglesia y de la sociedad– resulta sospechoso. Porque no es fácil encontrarle una explicación satisfactoria. Y es que, una de dos: o los obispos no tienen nada que decir en este asunto capital; o tienen algo que decir, pero les da miedo decirlo. Como es lógico, ambas cosas son muy sospechosas e incluso alarmantes. No ya porque el silencio episcopal, en este caso y en este asunto, indicaría ignorancia o miedo. Sino por algo mucho más grave y problemático, la adulteración de la vida cristiana y hasta la perversión de la forma de vida, que, en todo caso, los “sucesores de los apóstoles” tienen la obligación grave de enseñar y transmitir.</p>
<p>Pues bien, al llegar a este punto, estamos tocando el nervio del problema. Me refiero, lógicamente, al problema que representa el hecho de una sociedad regida por una economía y una política desprovistas de una espiritualidad sólida y bien planteada, que, por eso mismo, sea capaz de ayudar a recomponer el tejido social y orientar la vida de los ciudadanos de acuerdo con los criterios más básicos de la honradez y la justicia.</p>
<p><strong>ESPIRITUALIDAD Y FORMA DE VIVIR</strong></p>
<p>La espiritualidad, como tantas otras cosas en la vida, entraña sus “peligros”. Peligros, entre comillas. Pero auténticos peligros. Y, por cierto, muy reales. Empezando por lo más elemental y no sé si hasta lo más burdo. Es evidente que resulta peligrosa una espiritualidad que contrapone el “espíritu” y la “materia”, lo “divino” y lo “humano”, lo “sagrado” y lo “profano”, lo “eterno” y lo “temporal”. Cuando se hacen estas contraposiciones, la espiritualidad desplaza de sí misma porciones y dimensiones de nuestra vida que son centrales en la existencia, en la historia y en el comportamiento de los seres humanos, tengan o no tengan creencias religiosas. Una espiritualidad así, además de inútil, es un engaño. Y un engaño peligroso. Porque hace de los “espirituales”, personas auténticamente peligrosas, ya que pueden cometer los mayores disparates con la mejor conciencia del mundo, incluso con la conciencia del deber cumplido. En este sentido, no es ningún despropósito afirmar que la fe religiosa, impulsada por un “espíritu”, o por una “espiritualidad” entusiasta y fanática, puede llegar a convertirse en un serio peligro para la pacífica convivencia entre los pueblos y entre los ciudadanos. ¿Qué entusiasmo religioso, qué fe, qué “espíritu” o qué “espiritualidad” motivaron a todos los violentos que, por defender sus creencias o sus principios, han insultado, han agredido, han torturado y hasta le han quitado la vida al que veían como el “infiel”, el “hereje” o el “pecador” impenitente? La historia de tantas violencias y crueldades, desde los antiguos inquisidores hasta las modernos talibanes, nos obliga a plantearnos esta pregunta.</p>
<p>Esto supuesto, sea cual sea la definición que se le dé a la “espiritualidad cristiana”, lo que importa es que, en cualquier caso, la espiritualidad se entienda como la forma de vivir de aquellas personas que se dejan llevar por el Espíritu de Dios. Lo cual quiere decir que cuando la espiritualidad se entiende y se vive como una serie de prácticas y observancias que se reducen al ámbito de “lo sagrado”, “lo religioso”, la sumisión a “lo ascético” y, en general, a todo ese conjunto de hábitos y costumbres características del mundillo de las sacristías y los conventos, en ese caso y cuando eso sucede, la espiritualidad queda anulada y, además, se convierte en la fuerza que anula a los “espirituales”, que hacen de ella una forma estéril de vivir.</p>
<p>Más aún, eso sería, no sólo una forma estéril de vida, sino sobre todo eso desembocaría derechamente en un estilo de vivir engañado y engañoso, que no sirve sino para recortar la libertad cristiana, como ocurría en la comunidad de Colosas, que se veía amenazada por los principios de la “filosofía colosense” (D. Dettwiler, “<em>La carta a los colosenses</em>”, en D. Marguerat (ed.), <em>Introducción al Nuevo Testamento</em>, Bilbao, Desclée, 2008, 265). Una filosofía y una forma de vida tan equivocada, que, a juicio del autor de la carta a los Colosenses, todas las observancias que se les imponían a los cristianos no vendrían a ser otra cosa que una forma de “vivir sujetos al mundo” (Col 2, 20). Y el autor de la carta a la comunidad de Colosas lo explica con ejemplos muy concretos que, en cualquier caso, se pueden aplicar a tantos y tantos “espirituales”: “No tomes, no pruebes, no toques”, de cosas que son todas para el uso y consumo, según las consabidas prescripciones y enseñanzas humanas. Eso tiene fama de sabiduría por sus voluntarias devociones, humildades y severidad con el cuerpo; no tiene valor ninguno, sirve para cebar el amor propio” (Col 2, 21-23).</p>
<p>Y así es, en efecto. Todo lo que no sea una espiritualidad que reproduce, en la medida de lo posible, el Bios, la “forma de vida” que llevó Jesús, tal como esa forma de vivir quedó reproducida en los evangelios, aceptados y transmitidos por la Iglesia, es una espiritualidad que se convierte en engaño y en peligro. Es más, yo no sé lo que secretamente entraña esa sedicente “espiritualidad”, pero el hecho es que, con demasiada frecuencia, los “espirituales” que cultivan ese extraño estilo de vida, lo que en realidad cultivan es una secreta autosuficiencia y un inconfesable engreimiento, que fomenta en ellos la convicción de que son seres superiores a los demás, que inconscientemente menosprecian a todo el que no vive como ellos. Es el viejo fariseísmo de nuevo cuño, que, por lo visto, encaja bien con las miserias propias de la condición humana.</p>
<p>Y para acabar este apartado, una observación que resulta evidente. A nadie le puede extrañar que este esperpento de espiritualidad tenga cada día menos vigencia. Sólo puede ser motivo de burla o desprecio. Y, desde luego, que a nadie se le ocurra pensar que el tejido social, y menos aún la crisis que nos azota, van a tener solución fomentando ideas, usos y costumbres que sirven, en el mejor de los casos, como argumento para el humor de los anticlericales o la curiosidad de no pocos ciudadanos. Es evidente que con eso nada más no vamos a ninguna parte. Y, en cualquier caso, parece obvio pensar que Jesús no pudo venir a este mundo para satisfacer el humor de unos o la curiosidad de otros. Sin duda alguna, la forma de vida que nos legó Jesús es algo mucho más serio y más determinante de lo que normalmente se suele pensar.</p>
<p><strong>EL CENTRO DE LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA</strong></p>
<p>Ante todo, debe quedar muy claro que lo central y determinante de la espiritualidad cristiana no está, ni puede estar, en nada que –de la manera que sea– a fin de cuentas, venga a centrar el sujeto en sí mismo. Por tanto, el centro de la espiritualidad cristiana no puede situarse ni en la “salvación”, ni en la “santificación”, ni en la propia “perfección” del sujeto, por más que, al utilizar esas palabras, estemos hablando de la perfección “espiritual”, “ascética” o “religiosa” del individuo o del grupo al que el individuo pertenece. La espiritualidad cristiana no está pensada para hacer santos, aunque bien es cierto que, cuando un ser humano toma en serio y lleva hasta el fin lo central de la espiritualidad, esa persona podrá ser presentada como ejemplo o modelo de lo que hay que ser.</p>
<p>De cualquier manera y en todo caso, la espiritualidad no puede tener como objetivo o finalidad centrar al sujeto en un proyecto que termina siendo el ejercicio más refinado del propio egoísmo. Porque, más bien, el proyecto de la espiritualidad es “descentrar al sujeto de sí mismo”. De forma que el proyecto de la vida de un cristiano no puede ser el interés por lo propio, sino por lo ajeno. Nunca el interés propio, por más “divino”, “espiritual” o “religioso” que pueda ser ese interés. Cuando, según los evangelios, Jesús vivía y hablaba de forma que daba pie a que la gente más religiosa de su tiempo hablara mal de él, hasta pensar y decir que estaba endemoniado, que era un blasfemo o que su conducta era un escándalo, es evidente que Jesús no buscaba ni le importaba su propia perfección, su buena imagen, la ejemplaridad de su vida o cosas por el estilo.</p>
<p>Jesús quebrantó, repetidas veces, las normas religiosas establecidas. Actuó de forma que llegó a preocupar e incluso irritar seriamente a los sacerdotes, a los teólogos y a los dirigentes de la religión de su tiempo. Hasta el punto de que, relativamente pronto, aquellas autoridades tan piadosas y observantes empezaron a pensar seriamente que Jesús era un peligro y había que quitarlo de en medio (Mc 3, 1-6 par). Y la cosa llegó hasta el extremo de que, con motivo de la resurrección de Lázaro, el Sanedrín se reunió de urgencia y decretó matar a Jesús (Jn 11, 47-53). Es evidente que Jesús no vivió centrado en su propia santidad. Ni siquiera en la ejemplaridad religiosa y observante de su vida. Las preocupaciones de Jesús no estuvieron centradas en él, sino en remediar el sufrimiento de los demás y así contagiar felicidad a quienes carecen de ella. Por eso se explica que a Jesús le preocupó tanto la salud de los enfermos, el hambre de los pobres y las buenas relaciones interpersonales de la gente. Estos tres temas son los tres pilares básicos sobre los que se construye el gran relato de los evangelios. Y lo más llamativo es que, precisamente por estas tres grandes preocupaciones de Jesús, por esto es por lo que la religión del templo, de los sacerdotes y de las observancias, no pudo soportar el proyecto de Jesús. Decididamente, la espiritualidad del Evangelio y la espiritualidad que brota de la religión son incompatibles. Por una razón que se comprende enseguida: la religión pone en el centro de su proyecto la “santidad” para la “otra vida”, mientras que el Evangelio centra todo el interés y los afanes del sujeto en la “felicidad” para “esta vida”.</p>
<p>Por esto, que acabo de indicar, se comprende que cuando el Evangelio explica en qué va a consistir el criterio determinante de los que entran o no entran en el reino definitivo y último, todo se reduce a una cosa: los que han aliviado o no han aliviado el sufrimiento humano, los que han dado de comer a los que pasan hambre, los que han vestido a los que no tienen qué ponerse, los que han acompañado a enfermos y encarcelados, los que han acogido a inmigrantes y extranjeros (Mt 25, 31-46), ésos –y sólo ésos– son los que van a encontrar el reino de Dios, es decir, la realización de los anhelos humanos más auténticos, más profundos y los únicos capaces de lograr la plenitud humana, que puede trascender la limitación inherente a lo meramente humano. En definitiva, la espiritualidad cristiana es de aquellos que se afanan por la vida de los demás. Ésos son los auténticos “espirituales”, que encuentran verdaderamente a Dios.</p>
<p><strong>ENCONTRAR A DIOS EN LO HUMANO</strong></p>
<p>Supuesto lo que acabo de explicar, no habrá dificultad en admitir una conclusión que es decisiva en todo este asunto. A Dios lo encontramos en nuestra propia humanidad, de forma que no podemos encontrarlo sino en lo humano. El argumento fundamental, para llegar a esta conclusión, se basa en el hecho –por lo demás elemental –de que los seres humanos no tenemos, ni podemos tener, acceso al ámbito de “lo trascendente”. Por tanto, “lo humano” es lo que constitutivamente somos; es lo que tenemos, es lo que hacemos y es lo que pensamos. El Trascendente es tal precisamente porque trasciende toda capacidad o toda posibilidad de “lo humano”. Dios se sitúa más allá del horizonte último de nuestra capacidad de ser, de hacer o de pensar. Justamente por eso es Dios. De forma que “lo humano” no puede trascender la inmanencia. Dios pertenece a un ámbito de realidad que no está a nuestro alcance, ni siquiera echando mano de la metafísica, que no pasa de ser una elaboración del pensamiento humano.</p>
<p>Esto supuesto, resulta capital tener siempre muy claro que las religiones nunca nos han hablado, ni han podido hablar, de “Dios en sí”. Todas las revelaciones, teofanías y manifestaciones divinas no han sido sino las “representaciones” humanas que los mortales nos hemos hecho del Trascendente. Además, si tomamos esto en serio, caemos en la cuenta de que el “Dios revelado” no es sino una representación proyectiva que los humanos, según las diferentes culturas o situaciones históricas, nos hemos hecho del Trascendente.</p>
<p>Así las cosas, el cristianismo ha encontrado la solución al problema de Dios en el hombre Jesús de Nazaret. El Dios, al que “nadie ha visto jamás” (Jn 1, 18), se encarnó en Jesús. Es decir, se humanizó en Jesús. De forma que, en Jesús, “lo divino” se ha fundido con “lo humano”. Y por eso Jesús pudo decir “lo que hicisteis con uno de éstos, a mí me lo hicisteis”. Jesús es, pues, la “revelación” de Dios, la “encarnación” de Dios (Jn 1, 14), la “imagen” de Dios (Col 1, 15). De ahí que el mismo Jesús pudo asegurar al apóstol que le pedía la revelación de Dios: “Felipe, el que me ve a mí, está viendo a Dios” (Jn 14, 9). Lo que, considerado desde otro punto de vista, nos lleva derechamente a la afirmación sobrecogedora que hace la carta a los Filipenses: “Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos” (Fil 2, 6-7). Si recordamos que el texto bíblico utiliza el verbo griego kenóo, y tenemos presente que ese verbo significa literalmente “vaciar”, llegamos a la conclusión según la cual el cristianismo afirma su fe en un “Dios kenótico”. Lo que significa y representa que los creyentes en Jesús hemos puesto nuestra fe en un Dios que se ha vaciado de sí mismo. Y, por lo tanto, nuestra fe tiene como centro un “Dios humanizado”. A Dios, por tanto, nosotros los humanos no podemos encontrarlo sino en lo humano.</p>
<p><strong>POR UNA ESPIRITUALIDAD QUE TOMA EN SERIO LO HUMANO</strong></p>
<p>La espiritualidad cristiana no tiene su centro en “lo santo”, ni en “lo divino”, ni en “lo sagrado”, ni en “lo religioso”. Con esto quiero decir, ante todo, que la espiritualidad cristiana no pretende hacernos ni más santos, ni más consagrados, ni más religiosos. No quiero decir, al afirmar estas cosas, que la espiritualidad cristiana se desentiende de la conducta de las personas. Todo lo contrario. De lo que se trata es de comprender y aceptar que lo central de la espiritualidad de los cristianos es precisamente su “conducta”, no su “religiosidad”, ni su “devoción”, ni las “virtudes” que se canonizan en Roma cuando un santo sube a los altares.</p>
<p>Para entender correctamente todo este asunto, hay que ir más al fondo del problema. Me explico. El gran tema de Dios ha sido siempre gestionado por las religiones. Pero sabemos que las religiones, precisamente para afianzarse y afirmarse a sí mismas, han establecido una contraposición neta entre “lo divino” y “lo humano”. Es más, con demasiada frecuencia, se ha llegado, no sólo a la contraposición, sino incluso a la contradicción entre “lo divino” y “lo humano”. De forma que, de una manera o de otra, las religiones han insistido en la necesidad de mortificar, limitar, mutilar y hasta negar “lo humano” precisamente para poder acceder a “lo divino”.</p>
<p>Seguramente, éste ha sido uno de los peores servicios que las religiones han hecho a la humanidad. De ahí, por poner un ejemplo elocuente y que nos afecta a todos, el daño que se ha hecho anteponiendo unos presuntos “derechos divinos” a los “derechos humanos”. Como es bien sabido, durante todo el s. XIX la jerarquía eclesiástica combatió los derechos del hombre y del ciudadano, que había aprobado la Asamblea Francesa en 1789. En el siglo pasado, el papado (incluido Pío XII) ignoró por completo el tema de los derechos humanos. A partir de Juan XXIII, la Iglesia católica ha defendido y elogiado los derechos humanos de forma genérica. Pero ésta es la hora en que el estado de la Ciudad del Vaticano no ha suscrito los Pactos Internacionales sobre los derechos humanos promovidos por la ONU en diciembre de 1966. Es evidente que una institución, que hoy se comporta de esta manera, por mucho que hable de Dios y de religión, en realidad, demuestra de forma patente un fallo insuperable en su forma de entender, explicar y vivir la fe en el Dios de Jesús. Semejante institución no comunica ni contagia la espiritualidad del Evangelio.</p>
<p>Para concluir: en estos tiempos de cambios tan radicales y de crisis tan profunda, la inmensa desgracia que estamos viviendo es el resultado de dos factores que se han unido con la fuerza brutal del poder más despótico y más canalla. Esos dos factores son: 1) la crisis económica; 2) la corrupción ética. Ambos factores, estrechamente vinculados el uno al otro, se han potenciado mutuamente el uno al otro. Hasta el punto de que el uno sin el otro no habrían sido capaces de provocar la inmensa desgracia que cubre nuestra tierra como un inmenso manto de luto y sufrimiento. Esto es lo que explica la canallada criminal que estamos soportando. No tenemos al alcance de nuestras posibilidades modificar las leyes que nos impone un sistema, el sistema capitalista, que, en sus estertores de muerte, pretende sobrevivir basándose en la corrupción ética y espiritual. De ahí que no es ningún despropósito afirmar que la crisis que padecemos se ha producido y se mantiene gracias a la descomposición ética y a la carencia de una espiritualidad cristiana centrada en lo mismo que Jesús centró su vida, su actividad y sus enseñanzas, en remediar el sufrimiento humano, en hacer más felices a los mortales y, en definitiva, en humanizar este mundo. Como Dios mismo, al encarnarse y hacerse “como uno de tantos”, fue el primero que se humanizó con todas sus consecuencias.</p>
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		<title>Soplo de amor en la tierra liberada marcelo barros</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Apr 2016 23:25:36 +0000</pubDate>
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