Celebraciones - Rincón de la Oración

CONTEMPLATIVOS EN LA ACCIÓN

Esto significa varias cosas:

En primer lugar, que contemplamos la realidad desde la perspectiva de la Liberación mayor que descubre la fe: la perspectiva del Reino. La realidad sobre la que hacemos nuestra experiencia espiritual, mirada a la liz de la fe y desde la opción por los pobres -desde los “pequeños”-, la vemos como el gran proceso de Liberación, como el proceso mismo del Reino, en el que se enmarcan los procesos históricos de nuestros pueblos y de cada una de nuestras personas.

Significa que nuestra contemplación se da en medio de un proceso de liberación, con sus agitaciones, sus condicionamientos, sus riesgos, sus limitaciones y sus posibilidades. De hecho, no se da fuera del mundo, en las nubes, en un Olimpo celestial,en la pura intimidad, en la abstracción, en la neutralidad política, en la contemplación puramente espiritual

Significa que contemplamos la realidad desde la Liberación; no desde fuera, sino desde dentro, en la liberación misma, implicados en ella, participando en sus luchas, asumiendo sus causas… y realizándola: liberando y liberándonos.

Contemplamos, pues, liberando; y contemplando, aportamos también Libración.

Pedro Casaldáliga

 

La oración no es un refugio ni una apelación al milagro.

La verdadera  oración exige  que busquemos hacer nosotros mismos                                                                          lo que pedimos que Dios haga.

Si yo pido “nuestro” pan de cada día,  debo dar yo mismo ese pan a los que no lo tienen.

Si pido por la paz, debo comprometerme yo mismo en el camino de la paz.                                                                   La oración no está hecha de palabras en el aire.

No podemos orar, si no somos plenamente responsables de lo que decimos.

Solo entonces gustaremos hasta qué punto la oración es el reconocimiento del poder y de la iniciativa de Dios.

Esto es el evangelio: orar con los brazos en cruz al Dios que no ama los brazos cruzados.

Cardenal Echegaray

 

Me has seducido, Señor

Me has seducido, Señor, y me dejé seducir,

desde que aprendí tu nombre balbuceando en familia.

Me has seducido, Señor, y me dejé seducir

en cada nueva llamada que el alto mar me traía.

Me has seducido, Señor, y me dejé seducir

hasta el confín de la tarde, hasta el umbral de la muerte.

Me has seducido, Señor, y me dejé seducir

en cada rostro de pobre, que me gritaba tu rostro.

Me has seducido, Señor, y me dejé seducir;

y en desigual combate me has dominado, Señor.

Y es bien tuya la victoria. Me has seducido, Señor,

en un desigual comercio y la victoria es bien nuestra.

 

Pedro Casaldáliga

Actualizado ( Lunes, 08 de Septiembre de 2014 21:46 )